• Los pescadores relatan que salieron al mar la noche del pasado 29 de enero en la lancha Chilo XVI, sin embargo, al motor se le metió agua.

Toda una epopeya, una aventura marina de apología, fue la que vivieron los pescadores de Manzanillo, Colima, que naufragaron en la mar, quienes, para sobrevivir, mitigaron su sed bebiendo la sangre de una tortuga marina pues el agua que llevaban para un día de pesca, se había agotado.

Los pescadores, Daniel Rodríguez, Félix Rosales y Roberto Zamora, relatan que salieron al mar la noche del pasado 29 de enero en la lancha Chilo XVI, sin embargo, al motor se le metió agua, provocando que este fallara, quedando a la deriva, recorriendo varias millas náuticas por las corrientes de mar y el viento, hasta llegar a Boca de Apiza, Michoacán.

Una vez que tocaron tierra, de inmediato se comunicaron con sus familiares y a las 20 horas del domingo, los tres llegaron con sus familias quienes los esperaban impacientemente en el astillero del Espíritu Santo en Manzanillo, de donde habían partido hace algunos días.

Roberto Zamora, uno de los tres pescadores que naufragó mencionó que al ver que amanecía y anochecía una y otra vez, pensaban lo peor, “salimos con una comida para un día de trabajo, llevaba una botella de agua y nos la pasábamos de traguito en traguito, comíamos pescado crudo, era un Dorado que habíamos capturado, sin limón así crudo nos lo comíamos” dijo mientras sus familiares no dejaban de abrazarlo.

Mientras esperaban que la corriente los arrastrara hacia alguna costa, ellos mantenían la fe, un costal y rompe viento sirvieron para cubrirse de los intensos rayos del sol.

Al tercer día, ya no tenían comida ni agua, pero una tortuga marina se les acercó y lograron capturarla.

Con el único objetivo de sobrevivir, la sacrificaron y bebieron su sangre para saciar la sed, y tuvieron que comer la carne cruda de la tortuga, algunas la pusieron a secar para que el sol la deshidratara.

Al sexto día, la carne escaseaba y la fe también, hasta que una embarcación con turistas los localizó. Con camisetas y brazos arriba hacían señas para que los vieran.

Ellos -sin recordar sus nombres- les dieron agua y algo de comida, ya presentaban signos de deshidratación. Félix Rosales aún recuerda que a pesar del tiempo, trataban de estar tranquilos, escuchaban avionetas pero nada veían.

Las horas pasaban y todo se agotaba. La piel de los pescadores de edad avanzada luce afectada por las quemaduras del sol. Nada de eso importa ahora, pues ya están con su familia.